En el marco del “mes de la mujer” se suscita un debate alrededor de una pregunta que parece sencilla, pero que hoy en día se ha vuelto una de las más controvertidas. “¿Qué es una mujer?”, es lo que tanto la “izquierda” y la “derecha” buscan responder; sin embargo, en ese aparente acertijo, ningún ala del espectro político ha sido capaz de dar una respuesta contundente y completa, y probablemente es porque la fuente de la misma no está en una ideología política.
Las ideologías de la nueva izquierda, especialmente la feminista, han sabido apropiarse de conceptos como el de “empoderamiento femenino” para construir a partir de él un discurso falaz pero atractivo para las nuevas generaciones de mujeres que hoy en día desde niñas aspiran a ser una girl boss.
Este lado del debate resalta el espíritu emprendedor y luchador de las mujeres, mostrando cómo se esfuerzan por alcanzar sus sueños y metas académicas y profesionales. Sin embargo, con mucha facilidad te dicen, no solo que podrías renunciar, sino que debes renunciar a esos sueños de casarse y formar una familia porque “no necesitas a los hombres” y “los hijos son una carga, mejor es abortarlos”.
Hoy en día, el “empoderamiento femenino” se ha convertido en un slogan de marketing o de campaña política asociado a la izquierda en el marco de la batalla cultural. Un discurso que, al final, esconde la verdadera intención de promover políticas públicas que lejos de toda igualdad solo buscan consagrar privilegios o imponer agendas transnacionales como la abortista.
Prueba de lo primero es el Objetivo de Desarrollo Sostenible N°5 de las Naciones Unidas denominado Igualdad de Género, el cual promueve -por ejemplo- entre las empresas la contratación de mujeres “especialmente en puestos de responsabilidad y de la alta dirección”, sólo en razón de su género pasando por alto las lógicas de mercado que exigen capacidad y eficiencia independientemente del género del directivo.
No obstante, la alternativa al feminismo construida desde el lado de la “derecha”, especialmente desde los sectores conservadores de la sociedad, no ha resultado ser lo suficientemente atractiva a las nuevas generaciones pues en el esfuerzo por restablecer el valor de la feminidad sobre la base de los roles tradicionales de la mujer en el hogar y la familia vuelven sobre estereotipos que dejan de lado los nuevos roles que las mujeres pueden y han venido asumiendo en nuestro tiempo.
Pareciera que el dilema sobre “¿qué es una mujer?” se reduce a si ellas son madres o profesionales, cuando, por un lado, estas ni siquiera son opciones que se oponen entre sí. El feminismo te dirá que uno limita al otro, por lo tanto, debes escoger el ser profesional porque conviene más a tu crecimiento y autonomía. Sin embargo, el antifeminismo, aun cuando podría defender que no se trata de renunciar a ninguna de esas opciones válidas en sí mismas, suele enfocarse en lo primero.
Las exigencias de ambas partes terminan generando que las mujeres se sientan frustradas y que piensen que nunca serán lo suficientemente “buena mujer”. El debate no debe caer en el error de intentar definir el rol de la mujer y/o su identidad en función de lo que hacen o dejan de hacer. Eso sí, partiendo de reconocer su realidad biológica, inseparable de su identidad, esta va más allá de un concepto de ideología política.
Mi sugerencia es que se busque la definición y la identidad de una mujer en lo que dice quien la creó, y esta fuente es Dios, ni la “izquierda” ni la “derecha” podrán brindar la respuesta completa que busca nuestra sociedad. Compartamos ello y seamos una voz diferente.
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