¿IR A VOTAR? NO GRACIAS, MEJOR ME QUEDO

Durante los últimos años, la cantidad de votantes ha descendido gradualmente en cada elección. Esto no solo refleja el descontento y la desconfianza que padece la comunidad, sino también las transformaciones que están ocurriendo dentro de la polarización política, la cual se ha ido consolidando en la comunicación política.

Según Pierre Bourdieu, la percepción del campo político y las estructuras de poder influyen en la participación electoral, generando a veces una sensación de impotencia en los votantes.

Con el desdoblamiento de las elecciones en varias provincias y la exclusión de las listas de candidatos, se pudo observar que la participación en la votación fue significativamente inferior al promedio estimado para las elecciones generales. Por ejemplo, en las elecciones legislativas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), la participación total (incluyendo argentinos y extranjeros habilitados para votar) fue del 53,3%. Este porcentaje se asemeja a los niveles de participación registrados en provincias que también desdoblaron sus elecciones este año, como Santa Fe (55,6%) y Chaco (52%).

Históricamente, la participación en CABA oscilaba entre el 69% y el 85%, cuando las elecciones se realizaban de forma indirecta, mediante la votación para legisladores con una boleta completa. Sin embargo, con el desdoblamiento electoral, se presentan varios problemas que explican esta baja participación. Uno de los fenómenos que explican esta tendencia es la “apatía electoral”, un concepto que se refiere a la indiferencia o rechazo de los ciudadanos hacia el proceso electoral. 

Uno de los principales factores que contribuyen a esta apatía es la sensación de no sentirse representados por los candidatos, especialmente en un contexto de creciente polarización política. Aunque el voto sigue siendo obligatorio y conlleva una multa, esta sanción ha perdido fuerza respecto a los costos actuales, reduciendo su función disuasoria. 

Este fenómeno puede estar relacionado con generaciones que no vivieron los años de los gobiernos no democráticos, así como con el descontento que atraviesa a todos los rangos etarios, motivado por la sensación de no sentirse representados por ningún candidato. Varios politólogos y sociólogos que estudian el comportamiento electoral, como Pippa Norris, indican que la desafección de los votantes puede explicarse también por la falta de confianza en las instituciones y en los partidos políticos tradicionales, que en Estados Unidos, por ejemplo, ha llevado al fortalecimiento de movimientos populistas y alternativas políticas.

En Argentina, el período 2001-2003 fue clave, ya que emergió un grupo que se sintió huérfano de representación por parte de los partidos políticos tradicionales de esa época. La creación del PRO y su capacidad para captar estos votos minoritarios puede interpretarse desde la teoría de los sistemas políticos de Giovanni Sartori, quien sostiene que los cambios en los sistemas de partidos y en las reglas del juego electoral influyen en la orientación y la recomposición del voto, generando nuevas coaliciones y configuraciones políticas. Esto también refleja un proceso de “reforma del sistema de partidos” que busca responder a las necesidades de un electorado más fragmentado y desconfiado.

Ahora bien, ¿Qué pasa cuando ni el PRO logra captar los votos de este centro? 

Una respuesta rápida podría ser que La Libertad Avanza, como nuevo fenómeno político, ha logrado atraer votos no solo del centro, sino de diversos sectores que tradicionalmente pertenecían a distintos partidos. Sin embargo, esta explicación resulta incompleta. El fenómeno de La Libertad Avanza aún está en proceso de análisis, y además, no explica por sí solo el alto nivel de ausentismo registrado en las últimas elecciones.

Lo que debería agregarse a esta reflexión es la necesidad de revisar el discurso sobre la importancia del voto. ¿Cómo logramos renovar el sentido de participación política en una ciudadanía cada vez más desilusionada o desconectada? Muchos ciudadanos, si se les pregunta, probablemente no sabrían explicar cuál es el rol de la Legislatura porteña, o por qué en Santa Fe se plantea la necesidad de reformar una constitución provincial que pocos conocen. Esto revela que la comunicación política actual está más orientada a promocionar candidaturas que a formar conciencia cívica.

Es más, lo paradójico de las últimas elecciones fue que, pese a tratarse de comicios legislativos, se presentaron como si fueran presidenciales, con ganadores y perdedores definidos por quién quedó en primer lugar. No se explicó adecuadamente que, en nuestro sistema, ese primer puesto solo implica mayor representación legislativa, no un poder absoluto. Ningún partido “gana” en el sentido estricto, porque todos deben negociar y consensuar en el ámbito legislativo.

En conclusión, como sociedad necesitamos recuperar el sentido profundo del voto, no desde una apelación emocional o moralizante, sino desde la conciencia de que se trata de un derecho y una herramienta clave en cualquier sistema democrático. Los tiempos han cambiado: vivimos en una era donde la política debe competir con redes sociales, desinformación y una creciente desconfianza institucional. Pero justamente por eso, es urgente repensar nuestra forma de participar y comprender que elegir representantes no es un trámite más, sino una forma de incidir activamente en el rumbo de nuestro país.

Los cambios del mundo contemporáneo nos exigen más reflexión, más información y más compromiso. Porque si no somos nosotros quienes decidimos, alguien más lo hará por nosotros.

Por Kiara Benitez


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