En Paraná, caminar no solo es una actividad cotidiana sino, en muchos sectores de la ciudad, un verdadero desafío. Las veredas, lejos de ser un espacio continuo y funcional para el desplazamiento peatonal, presentan una realidad fragmentada: tramos rotos, desparejos, interrumpidos por árboles sin contención o directamente inexistentes. Esta situación afecta la calidad de vida urbana y revela una deuda estructural en la planificación del espacio público.
En la mayoría de los barrios —y también en zonas céntricas— las veredas no están pensadas como un sistema real de circulación. Hay esquinas sin rampas reglamentarias, ausencia de cruces a nivel, baldosas sueltas, pendientes peligrosas y una notable falta de pisos podotáctiles, lo cual limita el movimiento de personas mayores, personas con discapacidad o simplemente quienes se desplazan con cochecitos o carros. A diario, muchas personas deben bajarse a la calzada para continuar su recorrido, exponiéndose al tránsito vehicular por la falta de continuidad peatonal.
En grandes ciudades, recorrer 10 o 20 cuadras a pie es habitual y eficiente. En Paraná, intentar hacer ese mismo trayecto es, en la mayoría de los casos, una odisea. La falta de planificación integral del sistema de veredas —en conexión con calles, esquinas y frentes de viviendas— hace que lo que debería ser una práctica cotidiana se vuelva incómoda, insegura y poco práctica.
Sin embargo, existen antecedentes locales que muestran que con decisión política se pueden lograr mejoras. Las intervenciones realizadas en las calles Cervantes y Uruguay y en 25 de Junio y Andrés Pazos, donde se ensancharon veredas y se jerarquizó el espacio peatonal, son ejemplos positivos de cómo una obra bien planificada no solo mejora la circulación, sino que le da más valor urbano al entorno. Además, en estos casos, el mayor ancho permitió incorporar mejor vegetación, como palmeras, que embellecen el recorrido y aportan identidad al paisaje urbano.
Un caso diferente pero igualmente interesante es el de la traza de avenida Zanni, donde se resolvió una problemática frecuente en Paraná: las diferencias de altura entre el nivel de la calle y los terrenos de las viviendas. Allí, en vez de construir la vereda junto a las casas, se optó por ubicarla próxima a la calzada, donde el nivel es más parejo. Si bien la vereda en ese tramo podría tener mayor ancho, la decisión muestra que hay formas creativas de resolver limitaciones topográficas sin abandonar la idea de accesibilidad y funcionalidad.
Y vale aclararlo, no se trata de pedir veredas revestidas con materiales caros o diseños sofisticados. Lo que se necesita es una vereda funcional. Un ejemplo elocuente: en una ciudad como Nueva York, la mayoría de las veredas son simplemente de hormigón peinado. Durables, firmes, continuas. Cumplen con su función básica, permitir caminar sin obstáculos. Esa es la vara que debe guiar las decisiones en ciudades como Paraná.
La falta de rampas adecuadas en las esquinas, de pisos podotáctiles en zonas de alto tránsito y de cruces peatonales a nivel en arterias clave del centro sigue siendo una deuda urbana. A esto se suma un conflicto crónico: la indefinición sobre quién debe hacerse cargo del mantenimiento de las veredas. Mientras se discute si es responsabilidad del frentista o del municipio, la ciudad queda estancada y los problemas se acumulan.
Tener un plan integral de veredas para Paraná no implica solo reparar lo dañado. Implica asumir que el peatón debe tener más y mejor espacio. Implica diseñar un sistema continuo, cómodo y jerarquizado, que conecte los distintos puntos de la ciudad, que invite a recorrerla y que integre en lugar de excluir.
La vereda no es un residuo del diseño urbano: es un componente central. Y su mejora no es un lujo, sino una condición básica para una ciudad más eficiente, segura y habitable.
.png)
.png)
.png)
0 Comentarios