EL AVANCE CRISTIANO EN LA POLÍTICA: Un fenómeno que no para de crecer

 ¿Qué pasa hoy en día con la tendencia creciente de personas que se denominan cristianas en la política? ¿Estamos ante un despertar espiritual o es solo un nuevo ciclo histórico?

En los últimos años comenzó a observarse un fenómeno que llama la atención en distintos países del mundo y también en Argentina: cada vez más personas que se identifican como cristianas, especialmente dentro del mundo evangélico, comienzan a involucrarse en la política o a discutir públicamente su rol en ella.

Para algunos, esto es peligroso. Para otros, es necesario. Pero para entender lo que está pasando primero hay que mirar el fenómeno desde una perspectiva más amplia. La historia muestra que la política suele moverse en ciclo. A lo largo del tiempo, diferentes corrientes culturales y filosóficas predominan en distintos momentos.

Hubo épocas donde la religión tuvo una influencia central en el poder político. Luego vinieron etapas donde las corrientes secularistas o materialistas dominaron el debate público. Más tarde reaparecieron corrientes conservadoras o religiosas como reacción a esos cambios.

En muchos países occidentales, durante las últimas décadas, sectores políticos vinculados a la izquierda cultural promovieron agendas relacionadas con nuevas concepciones sobre género, sexualidad, familia y moral pública. Estos cambios generaron apoyo en algunos sectores de la sociedad, pero también resistencia en otros que consideran que esas transformaciones chocan con valores tradicionales  cristianos.

Cuando un sector cultural domina demasiado tiempo el debate público, suele aparecer una reacción social desde otros grupos que se sienten desplazados o ignorados. La política, en muchos sentidos, funciona como un péndulo. 

Los movimientos políticos históricamente crecieron representando sectores sociales específicos. Durante el siglo XX, muchos partidos construyeron su identidad representando a distintos colectivos: trabajadores, movimientos feministas, minorías raciales y sectores sociales marginados.

En Argentina, la izquierda política durante décadas se presentó como la principal defensora de los trabajadores y de sectores vulnerables. Sin embargo, muchos críticos sostienen que esas representaciones no siempre se tradujeron en mejoras reales en la vida cotidiana de esos sectores. Este fenómeno no es exclusivo de un espacio político. La historia muestra que distintos movimientos pueden utilizar identidades sociales para fortalecer su base electoral.

Cuando un grupo siente que su identidad o sus valores no están representados, suele organizarse políticamente. Y eso es justamente lo que está comenzando a suceder con sectores cristianos. Para entender el fenómeno político, primero hay que mirar el fenómeno religioso. Argentina fue históricamente un país mayoritariamente católico, pero en las últimas décadas el mapa religioso comenzó a cambiar.

Según una encuesta nacional sobre creencias realizada por el CONICET, el porcentaje de evangélicos pasó de aproximadamente 9% en 2008 a más del 15% en 2019, convirtiéndose en uno de los grupos religiosos que más creció en el país.  Este crecimiento también tiene impacto social y político. Cuando un grupo religioso aumenta su tamaño y su organización, inevitablemente comienza a tener más peso en la vida pública.

Además, existen miles de iglesias evangélicas distribuidas en todo el país, muchas de ellas con fuerte presencia territorial y social en barrios y en la sociedad en si. Este crecimiento demográfico no pasó desapercibido para los partidos políticos. En distintos momentos, dirigentes de diversos espacios buscaron acercarse al mundo evangélico para obtener apoyo electoral. Analistas políticos señalan que el llamado “voto evangélico” se volvió un objetivo estratégico para varios sectores de la política argentina.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en países como Brasil o Estados Unidos, en Argentina el mundo evangélico no se encuentra unificado políticamente. Los creyentes participan en distintos partidos y espacios ideológicos. A pesar de esa diversidad, ya existen dirigentes políticos que se identifican abiertamente como cristianos evangélicos. Esto demuestra que el vínculo entre fe y política no es algo nuevo, aunque sí parece estar creciendo.

Uno de los nombres que recientemente comenzó a aparecer en el debate político argentino es el del pastor y comunicador Dante Gebel, quien es conocido por llenar estadios con sus conferencias y programas televisivos. En los últimos años su figura comenzó a ser mencionada como posible candidato político, algo que generó debate tanto dentro del mundo evangélico como dentro del sistema político. Incluso dirigentes sindicales y políticos lanzaron un espacio llamado “Consolidación Argentina”, que busca respaldar una eventual candidatura presidencial suya para el año 2027. Esto muestra hasta qué punto algunos sectores de la política están interesados en el crecimiento del mundo evangélico como actor social, o más interesados en buscar figuras públicas que nuevamente puedan usar para apalancar su posición política. 

¿Está bien que los cristianos participen en política?

Dentro del cristianismo esta pregunta siempre generó debate. Sin embargo, la Biblia muestra numerosos ejemplos de personas de fe que ocuparon posiciones de poder en gobiernos.

José fue gobernador en Egipto: “Dijo Faraón a José: Mira, yo te he puesto sobre toda la tierra de Egipto.” (Génesis 41:41)

Daniel ocupó cargos administrativos en Babilonia: “Entonces el rey engrandeció a Daniel… y lo hizo gobernador de toda la provincia de Babilonia.” (Daniel 2:48)

Ester utilizó su posición política para salvar a su pueblo: “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14)

Incluso la Biblia afirma que Dios interviene en la historia política: “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes y pone reyes.” (Daniel 2:21)

Y el apóstol Pablo escribió: “No hay autoridad sino de parte de Dios.” (Romanos 13:1)

Estos textos muestran que la fe y la política nunca estuvieron completamente separadas en la historia bíblica. Sin embargo, también es importante distinguir dos cosas. Una cosa es la Iglesia como institución espiritual. Otra cosa distinta son los cristianos como ciudadanos dentro de una sociedad.

La misión principal de la Iglesia es espiritual: predicar, enseñar y servir. Pero los creyentes viven dentro de sistemas políticos y sociales donde inevitablemente deben tomar decisiones cívicas.

Jesús mismo enseñó: “Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo.” (Mateo 5:13-14)

Muchos interpretan que esa “luz” también debe reflejarse en la cultura, en la sociedad y, eventualmente, en la política. Al mismo tiempo, la historia también muestra que la religión y los cristianos, pueden ser utilizados políticamente. Gobiernos de distintas épocas han intentado instrumentalizar la fe para obtener legitimidad o apoyo popular. Por eso el desafío no es simplemente que los cristianos participen en política, sino cómo lo hacen.

Jesús enseñó un principio diferente al de muchos sistemas de poder: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” (Marcos 10:43) Si los cristianos participan en la política, el verdadero desafío es mantener ese espíritu de servicio. Quizás lo que estamos viendo hoy no sea algo completamente nuevo, sino simplemente otro giro en el péndulo de la historia.

Cuando ciertos valores dominan demasiado tiempo el espacio público, inevitablemente otros sectores comienzan a reaccionar. Tal vez el creciente interés político de algunos cristianos sea una respuesta a la percepción de que sus valores han sido marginados del debate cultural, o quizás sea un despertar de un mundo que la iglesia abandonó, perdió, y hoy intentan recuperar para su supervivencia. 

Pero la pregunta más importante sigue siendo la misma: ¿La política transformará a los cristianos, o serán los cristianos quienes logren transformar la política?

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