¿Poliamor o perversión? La destrucción de la familia como espectáculo viral

No, no es fakenews, es real, y más preocupante aún: es tendencia. El youtuber Nicholas Hardy, conocido como Nicky Yardy, recientemente anunció que la relación poliamorosa que mantiene con su novia y con la madre de su novia se ha multiplicado… ambas están embarazadas. Sí, como lo lee: embarazó a ambas. Un escándalo que no debería celebrarse, pero que hoy se viraliza como una “nueva forma de amar”.


Es lamentable que para más de 7M de personas que siguen el contenido de Nicky Yardy estas noticias no solo no los alarman, sino que aplauden estas aberraciones. La cultura del libertinaje sexual ha dejado de ser marginal para convertirse en regla: todo lo que implique deseo sin límites, placer sin responsabilidad y vínculos sin compromiso es ahora “digno” de portada, de aplausos y de millones de likes.

El poliamor no es otra cosa que la banalización de lo más sagrado: el amor, la fidelidad y la familia. Nos quieren hacer creer que la monogamia es una imposición retrógrada y que los niños pueden crecer sin problema en cualquier tipo de “estructura familiar”, aunque esté construida sobre la confusión, la promiscuidad y el morbo. ¿Y los más vulnerables? Los hijos. Los que nacerán en medio de esta telaraña afectiva sin padre claro, sin autoridad firme, sin modelo de hogar.

La familia, como institución, ha sido el pilar de las civilizaciones. Y no por capricho, sino porque en ella se forma el carácter, se transmite la cultura, se aprende el sacrificio. Pero eso no le conviene a las agendas progresistas. Por eso promueven el sexo libre, los múltiples vínculos afectivos, el aborto como una “solución fácil” para embarazos no planificados, la maternidad subrogada y otras formas de destruir la estructura de padre, madre e hijos. ¿El objetivo? Romper el núcleo que protege al individuo frente al control del Estado.

Y es que detrás de todo esto no hay solo una moda, hay un proyecto: la deconstrucción del ser humano. Nos quieren sin identidad, sin familia, sin Dios. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que cada vez que se destruye la familia, lo que viene después es oscuridad.

No podemos quedarnos callados mientras nos imponen como “normal” lo que es profundamente dañino. No es moralismo, es sentido común. No es odio, es amor por la verdad y por el bien de nuestros niños. No es atraso, es resistencia. Porque la batalla cultural también se libra desde el corazón de nuestras casas. Y ahí, la familia sigue siendo el frente de mayor impacto.

Es momento de volver a defender lo evidente. Seamos una voz diferente.

Por Magda Núñez


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